El Algarve portugués es una región que muestra bastantes contrastes entre el turismo más masivo y las ciudades que conservan un carácter más local y tradicional. Faro, Loulé, Tavira y Portimao son algunas de ellas, lo que resulta especialmente paradójico en esta última, cuyo núcleo urbano parece ignorar en gran parte la presencia de la turística Playa da Rocha en el municipio y ofrece en su Museo de Portimao las claves de una historia regional ahora relegada entre sol y playa.
Portimao es la ciudad más importante del suroeste del Algarve y una de las pocas que sería capaz de presumir de tener un centro urbano donde el turismo es secundario. Paseando por sus calles centrales, nos encontramos con los mismos espacios peatonales y comerciales que nos podemos encontrar en cualquier otra ciudad portuguesa y -si bien las tiendas no pueden evitar algunos tics dirigidos al turista, como las inevitables traducciones de los menús del día en inglés-, uno tiene la sensación de encontrarse en una ciudad de alma y población portuguesa, algo que parece obvio, pero que no es tan habitual en esta zona de la costa algarvía.
Digamos que Portimao y el turismo masivo han llegado a un acuerdo beneficioso para ambas. Los turistas toman el área de la Playa da Rocha -una de las más famosas del Algarve- y los locales se quedan con el centro de la ciudad, incluyendo la vistosa orilla del río Arade, que ofrece algunas de las estampas características de la ciudad. El casco urbano de Portimao podría, entonces, transplantarse a cualquier otra zona de la costa portuguesa sin que se notara excesivamente la diferencia.
Esto, que puede parecer sencillo, no es tan habitual en la parte occidental de las costas del sur del Algarve. La parte oriental se ha visto protegida, en cierto modo, por la presencia del Parque Natural de la Ría Formosa, que ha hecho que el acceso a las playas sea un poco más difícil, alejando a los turistas más vagos y respetando, con ello, su carácter tradicional. Sin embargo, la parte occidental, con sus pueblos y (este artículo sigue…)
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Que la gastronomía portuguesa es rica y variada es algo que, a día de hoy, muchos ya damos por sabido. Pero, a la hora de la verdad, cada una de sus regiones tiene unos platos y especialidades particulares que hacen que su cocina sea diferente de la de otras zonas del país. Hace unas semanas, una de ellas -concretamente la región del Algarve- convocó a periodistas y profesionales del sector turístico en varias ciudades españolas para dar a conocer sus especialidades culinarias, con la cataplana como “reina de la fiesta”.
Los eventos, que fueron organizados por la Asociación de Turismo del Algarve en Vigo, Madrid y Sevilla, sirvieron para acercar a España la riqueza gastronómica de esta región del sur de Portugal, que ve como su atractivo como zona turística de sol y playa relega a un segundo plano a otras facetas culturales, gastronómicas o paisajísticas que también merecen ser conocidas y destacadas.
Para remediarlo, al menos en lo que a la gastronomía se refiere, se organizaron cenas en las tres ciudades antes citadas, en las que un chef procedente del Algarve preparó una selección de platos basada en los ingredientes principales utilizados en la gastronomía algarvía: el pescado, el marisco y la carne de cerdo.
El plato estrella de la noche -y la aportación más notable de la región del Algarve al global de la gastronomía portuguesa- fue la cataplana de marisco. La cataplana es el plato típico del Algarve y es muy habitual de encontrar en los restaurantes de cualquier ciudad de la costa algarvía, sobre todo en aquellas que han conseguido conservar un estilo de vida menos turístico, como es el caso de Tavira.
Se trata de un guiso de pescado o marisco -se puede hacer también con carne, aunque no es lo más típico-, que puede llevar también algún tipo de guarnición, cocinado al vapor en un recipiente de cobre llamado cataplana, que da el nombre al plato. Este recipiente recuerda por su forma a una concha, ya que está compuesto de dos partes de forma redondeada, unidas en un punto (este artículo sigue…)
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Ya sabéis que en VoyaInternet somos muy aficionados a las líneas de trenes que tienen algún tipo de encanto especial. No son necesariamente las más modernas, ni las más rápidas, pero nos han llamado la atención por romper el carácter impoluto y aséptico que cada vez más está cambiando el carácter de los trenes. Hoy nos vamos al Algarve, donde una línea de media distancia paralela a la costa atraviesa la región de este a oeste desde Vila Real de Santo Antonio, junto a la frontera española, hasta Lagos, pasando por Faro -la capital- y varias de las ciudades principales de la región.
Durante nuestro reciente viaje al Algarve, el pasado mes de septiembre, esta línea de ferrocarril fue nuestro principal medio de locomoción para conocer la región. No es excesivamente rápido -los cerca de 150 kilómetros de la línea se recorren en algo más de tres horas (transbordo en Faro incluido)-, pero recupera el placer de viajar de modo sencillo y de poder presenciar paisajes de campo y mar desde una ventanilla bajada, algo que se echa mucho de menos en los trenes modernos. Es, además, una fantástica oportunidad para conocer el Algarve en bicicleta, ya que hay espacios acotados para ella en todos los trenes y paciencia y ayuda del personal para subirlas y bajarlas del mismo.
Los trenes
La mayor parte de las líneas regionales de media distancia en Portugal no están dotadas de trenes especialmente modernos. Esto, que para el viajero escrupuloso es todo un tormento, añade un plus de autenticidad al viaje para los amantes de los trenes. En este caso, estamos hablando de trenes de gasoil, ventanillas abatibles y asientos algo pasados de moda, que exhibían orgullosamente placas en las que figuraba mayoritariamente como fecha de construcción los años 77 y 78 del siglo pasado. No alcanzan grandes velocidades, aunque tampoco la distancia entre estaciones y apeaderos es tan grande como para que sea necesario. Son trenes dignos y totalmente funcionales, aunque no precisamente modernos.
Eso sí, no llegan a la sensación de viaje en el tiempo que sentí en (este artículo sigue…)
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Hemos regresado del Algarve -donde hemos estado preparando una nueva guía que lanzaremos próximamente- con muy buen sabor de boca. El tiempo nos ha respondido, con un sol impresionante que nos ha permitido disfrutar al máximo de sus playas, y hemos descubierto una región pequeña, pero con muchos contrastes. Además del turismo más masivo de sol y playa de la zona de Albufeira -que es en lo que se puede pensar en la región más turística de Portugal-, nos hemos encontrado ciudades con encanto- como Tavira o Lagos- y la sorpresa del Parque Natural de la Ria Formosa. Estas son las impresiones de nuestro viaje.
El Algarve nos ha dejado muchos contrastes en pocos kilómetros. El este de la región está marcado por la presencia del Parque Natural de la Ría Formosa, lo que supone que -durante alrededor de 60 kilómetros-, las ciudades y pueblos de la costa no estén precisamente a la orilla del mar, sino separados por él por una serie de rías, canales e islas desiertas a las que se accede por barco y en las que se encuentran playas enormes de arena fina en las que perderse. Son islas como las de Tavira, La Armona o La Culatra donde se concentran playas kilométricas como las de Barril, Fuzeta o Farol.
Esta lejanía, que podría suponer un obstáculo para el turismo de playa, acaba resultando una gran ventaja, ya que ahuyenta a los turistas más cómodos, los de sol y playa, piscina y alcohol, que quieren la playa cerca y fácil. Lugares como Tavira y Olhao han conseguido evitarlos gracias a una oferta hotelera reducida y específica que ha atraido más a un turismo tranquilo, de mayor edad y poder adquisitivo, que a quienes buscan el alojamiento barato y la diversión fácil.
De todos modos, Tavira es -sin duda- una de las ciudades más bonitas del Algarve y merece una visita. Dispone de un casco histórico bien conservado, con algunos restos de murallas de un antiguo castillo e iglesias centenarias, y pasear por las calles del centro de la ciudad por la noche resulta (este artículo sigue…)
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