ene 12
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El regreso de Kyoto a Tokio supuso el comienzo de la parte final del viaje a Japón. Una parte final que iba a estar marcada por una de las visitas estrella en nuestra agenda, la del mercado de pescado de Tsukiji, que dio inicio a la agenda contrarreloj de nuestras últimas horas en el país.
La visita al mercado de pescado de Tsukiji es toda una aventura en sí misma ya sólo con el hecho de planearla. Se trata de la principal lonja de pescado del país y tiene como gran atractivo la subasta del atún que se celebra a primerísima hora de la mañana. Tan a primera hora de la mañana que el centro de visitantes sólo abre a las cinco, la misma hora de la apertura del metro, por lo que –dada las pocas posibilidades de transporte nocturno en Tokio- hay que buscarse la vida para llegar a tiempo.
Nuestra idea inicial era visitarlo la primera noche y aprovechar así el jetlag para que no fuera un gran transtorno, pero –al ser domingo- nos dijeron que estaba cerrado. Lo aplazamos para el miércoles siguiente, pero también estaba cerrado. No es que cierren muchos días, sino una simple cuestión de mala suerte (cierran los domingos y algunos miércoles puntuales). Afortunadamente, nos enteramos de que estaba cerrado en el albergue, con lo que pudimos evitarnos la molestia de ir al mercado y encontrárnoslo cerrado. Por tanto, primer consejo para quien quiera visitarlo: aseguraos antes de planear la visita que el mercado estará abierto o haréis un gran esfuerzo en balde.
A partir de ahí, hay que buscarse la vida para llegar al mercado a tiempo en plena noche. Las opciones son variadas. La más interesante sería buscar un alojamiento cercano al mercado de Tsukiji. Sin embargo, la zona está cerca de la elitista Ginza, con lo que no suele haber mucho alojamiento económico disponible por allí. Lo más cómodo –aunque más caro- es un taxi. Lo más barato, un paseito nocturno por la ciudad. La alternativa curiosa nos la ofrecieron en un albergue: un paseo en bicicleta nocturno en un grupo guiado. Y, claro está, también se puede acudir a la opción noctámbula de estar despierto o hacer algo hasta que llegue la hora de dirigirse al mercado (entre las ideas más habituales están los karaokes, los pachinkos o los manga-kissa).
De Kyoto a Tsukiji, con parada en Shinbashi
En nuestro caso, a la tercera fue la vencida y- para celebrarlo- diseñamos todo un plan insólito para llegar al mercado a la hora indicada.
Llegamos a Tokio desde Kyoto alrededor de las ocho y media de la tarde y, tuvimos como primer objetivo deshacernos de las mochilas y llevarnos tan sólo un kit de supervivencia básico para pasar la noche. Para ello, decidimos dejar el equipaje lo más cerca posible del hotel donde íbamos a pasar la noche siguiente, por lo que nos dirigimos a la estación de cercanías de Bakurocho y buscamos una consigna automática.
La abundancia de consignas automáticas en las estaciones de tren y metro es una de las cosas buenas de Tokio. Normalmente, en otras ciudades del mundo tienes que ir a la estación central de ferrocarril o a algún otro lugar concreto; pero en Tokio hay muchas estaciones menores –tanto de JR como de Metro o Toei- donde es posible encontrar en los pasillos consignas automáticas que funcionan con monedas por un precio que depende del tamaño, pero que suele ir de los 3 a los 6 euros al cambio por un día completo.
Desde allí, y aprovechando las últimas horas de validez de nuestro Rail Pass, nos dirigimos a la estación de Shinbashi, que era la más conveniente para nuestros propósitos. El mercado de pescado de Tsukiji tiene una estación de metro muy cercana, pero pocos lugares para alojarse en los alrededores. El mercado en sí ocupa una extensión enorme y, cerca de él, la zona noble de Ginza no da grandes alternativas –aparte de algún manga-kissa aislado y o dejarnos la voz durante horas en el edificio de la cadena de karaokes Big Echo-.
Lo que nos encontramos en Shinbashi, por decirlo mal y pronto, era la parte golfa de la decentísima y sofisticada Ginza. A muy poca distancia del lujo, la calma y el estilo de ésta, nos aparecen calles estrechas, llenas de gente, luces, bares, salas de juego, señores con corbata que parecen recién salidos del trabajo, ruidos varios y señoritas que nos paran en la calle para ofrecernos masajes.
Así que cenamos a base de yakitoris en un pequeño restaurante –con susto en la cuenta incluido- y no dirigimos a buscar el lugar donde íbamos a pasar la noche: un manga-kissa del barrio. Ya los habíamos probado en nuestra primera noche en Tokio, pero ésta iba a ser nuestra prueba de fuego.
Dormir en un manga-kissa
Los manga-kissa son como los cibercafés europeos, pero a lo bestia. En primer lugar, porque abren las 24 horas del día, con lo que vayas de día o de noche, van a tener sitio para ti. Por otra parte, a diferencia de los cibercafés europeos –donde tienes un ordenador y poco más- los manga kissa ofrecen, aparte del ordenador, estanterías con miles de ejemplares de manga (de ahí les viene el nombre) y opciones como conexión WiFi, televisión y hasta consolas de videojuegos (dependiendo de cada uno). En lugar de estar en una sala compartida, dispones de un cubículo propio donde puedes hacer lo que quieras sin que nadie te moleste, ya sea en una silla, en un sofá o en una colchoneta. Evidentemente, es una opción fantástica para dormir un par de horas a la espera del primer tren o metro o para un turista poco escrupuloso. Los precios dependen del lugar y la cantidad de horas, pero lo habitual es poder pasar toda la noche por menos de 20 euros. En nuestro caso, lo tomamos como si fuera un albergue para una noche.
Sin embargo, no fue fácil dar con él. No nos esperábamos que Shinbashi fuera una zona con movimiento crápula y, lo que nos encontramos al llegar, fue que en la zona había decenas de establecimientos que ofrecían lo mismo que el manga-kissa que habíamos elegido, pero con una variante: lo que ofrecían eran básicamente cubículos para ver DVDs con sofás reclinables y unos precios bastante más elevados que los de un manga-kissa tradicional. Aunque finalmente no elegimos uno de éstos para pasar la noche, mucho me temo que la colección de DVDs que ofrecían estos establecimientos tenía como gran atractivo algo más que obras maestras del séptimo arte.
Al final, casi de casualidad, conseguimos encontrar el logotipo del manga-kissa entre los muchos que había en los edificios del barrio. Resulta frustrante y te sientes casi analfabeto cuando tienes que buscar un lugar basándote en el dibujo de un logotipo, pero es lo que toca cuando no se sabe el alfabeto local.
Nos hicieron la ficha, nos asignaron un cubículo a cada uno de los dos viajeros y nos dieron unas pantuflas para movernos por el local. A partir de ahí, vía libre para hacer lo que quisiéramos en él. Teníamos una recepción junto a la que había revistas de todo tipo, una máquina expendedora de bebidas y unas jarras con zumos de las que podíamos servirnos gratis tanto tiempo como quisiéramos y unas paredes forradas con estanterías en las que había miles de ejemplares de comic manga que no entendíamos, pero de los que podíamos servirnos libremente. Entre todo ello, dos diminutos pasillos que daban acceso a los cubículos.
El mío era tan cómodo como agobiante. Estaba ocupado totalmente por una colchoneta de plástico imitación piel elevada unos treinta centímetros del suelo, que servía a la vez de suelo, asiento y cama. Al final del cubículo, la colchoneta se metía bajo una mesa sobre la que había un ordenador, una televisión y una consola de videojuegos a mi disposición. Un rato para leer el correo y trastear un poco por Internet, un par de salidas a la máquina de bebidas para recargar el vaso de Fanta de manzana verde y, a dormir, que era nuestra principal intención al elegir aquel lugar.
Lo conseguimos a medias. Es verdad que el cubículo estaba oscuro y que la colchoneta era sorprendentemente cómoda, pero aquello estaba lejos de ser una cama. El antifaz que nos habían dado en el avión acabo con la escasa luz que entraba por la parte superior del cubículo, pero el sueño se hizo difícil por los ruidos de la ventilación del local y alguna risita ocasional del ocupante- o los ocupantes, nunca lo supe- del cubículo vecino.
El mercado de pescado de Tsukiji
A las cuatro de la mañana sonaron nuestros despertadores y, después de un último café en el manga-kissa, nos pusimos en camino al mercado de Tsukiji. Las calles de Shinbashi eran, a aquella hora, escenario de un final de fiesta, con algún último rezagado de camino a casa y todos los bares y restaurante de la zona ya cerrados.
Tras recorrer 20 minutos a pie por una ciudad casi desierta estábamos ya entrando al mercado de pescado, poniéndose en marcha a aquellas horas, con los camiones parados y los primeros carritos de transporte motorizados moviéndose a velocidades sorprendentemente rápidas. Para llegar al centro de visitas podemos atravesarlo o bordearlo. La primera opción es la más divertida, pero la segunda es más eficaz para llegar rápidamente.
Evidentemente, semejante madrugón tiene como único fin poder presenciar en directo la subasta del pescado. Quien no quiera complicarse la vida, podrá ir un poco más tarde y ver las últimas horas de actividad. No obstante, la subasta tiene bastante encanto y a los turistas les llama mucho la atención, como pudimos ver nada más entrar al centro de visitantes. Llegamos alrededor de las cinco y ya nos encontramos un grupo nutrido de turistas por allí –la gran mayoría, occidentales-, aunque aún pudimos entrar en el primer grupo de los dos que se organizan con un chaleco naranja que nos dieron los guardias.
Al visitar Tokio en noviembre, te libras de las grandes aglomeraciones de turistas de otras épocas. En nuestro caso, nos sirvió para poder llegar al mercado sin necesidad de ir con antelación, pero si elegís fechas muy turísticas puede que no sea mala idea acercarse por allí por lo menos entre media y una hora antes de la apertura. Cuestión de suerte, muchas veces. Entrar en el primer grupo tiene premio, ya que -si te das prisa- serás de los primeros en la cola del famosísimo restaurante de sushi que está a la salida del mercado.
Después de una espera bastante tediosa en el centro de visitantes –no tanto por el tiempo como por los efectos del madrugón- un guardia guió a todo el grupo de chalecos naranjas por las ya animadas calles del mercado entre la noche aún cerrada hasta una nave, donde nos ubicaron en un pequeño pasillo para que no molestáramos mucho a la subasta.
Subastando atunes
El espectáculo al entrar es muy curioso. A ambos lados del estrecho pasillo en el que colocan a los visitantes se extienden decenas de atunes enormes extendidos en filas en el suelo. A su alrededor, caminan diversos personajes mirando cada una de las piezas atentamente. De vez en cuando, para examinarlo mejor, utilizan un pequeño gancho de hierro que llevan en la mano para abrir un tajo que tienen los atunes al final de la cola y dejar al descubierto la carne roja. De ahí, alguno se acerca después a una mesa situada en un lateral de la sala, donde hay filetes enormes, que corresponden a muestras del pescado.
Así pasan los primeros minutos en la sala, observando a los compradores, hasta que –de repente- alguien se sube en una caja y empieza a gritar desaforadamente. Después de un par de palabras, alguien le para y vuelve a repetir el proceso. No sabemos lo que dice, pero lo más lógico es pensar que está subastando los lotes y que los compradores le paran al llegar al precio que están dispuestos a pagar. Así está como unos cinco minutos en un lado del pasillo de los visitantes, se hace un silencio posterior y se repite la operación al otro lado del mismo.
A los 25 minutos, el mismo guardia volvió a sacar a todo el grupo de visitantes de la sala y nos escoltó hasta el centro del mercado, donde se quedó con sus petos y nos dijo adiós, mientras el segundo turno de la visita a la subasta ocupaba nuestro puesto.
Desayuno con sushi
De ahí, los visitantes se lanzan en masa a la tradición post-visita por excelencia: un desayuno a base de sushi que sirven en uno de los restaurantes del pequeño mercado interior que hay en el recinto. Tradición demasiado masiva para un restaurante diminuto, con apenas sitio para siete u ocho personas situadas frente a una barra. Hay una leyenda urbana que dice que en ese restaurante se sirve el mejor sushi del mundo, así que- todos los días en que el mercado está abierto- tiene cola de turistas occidentales en su puerta desde la seis de la mañana.
¿Que si es para tanto? Nosotros nunca lo supimos. Llegamos a la cola del restaurante a las seis y cinco de la mañana y nos pusimos en una fila que parecía pequeña. Dos horas después, bajo el frío del amanecer tokiota, seguíamos en la puerta ante una fila de turistas ansiosos de sushi que seguía pareciendo pequeña. Fue entonces cuando nos dijimos a nosotros mismos que aquello ya era demasiado y nos metimos en otro restaurante idéntico que había dos puertas más allá y donde teníamos dos sitios libres. Muy bueno debía ser el sushi del otro lugar para desmerecer a aquel que nos tomamos rodeados de japoneses. Un atún excelente, en unos tacos anchos y jugosos que se deshacían en la boca. Un auténtico placer para el gusto y uno de los desayunos más insólitos que he tenido nunca.
Una experiencia especial, en resumen, que también es cierto que sale un poco cara. El capricho gastronómico sale –dependiendo de la cantidad que queramos comer- por alrededor de 30 euros al cambio de 2011, para un consumo normal de algunas piezas de sushi, makis, sopa de miso y acompañándolo de una cerveza para empezar bien el día. Personalmente, no nos arrepentimos de la elección. Y, para quien tenga curiosidad, cuando salimos del restaurante ya repletos de sushi media hora después, las personas que nos precedían en la cola del restaurante turístico seguían en la cola, a cinco metros de la entrada.
Mi consejo, para quien quiera probar este restaurante en concreto, es que -sobre todo- llegue lo suficientemente temprano para entrar en el primer turno de visita a la subasta, localice el lugar donde está ubicado al llegar al mercado, sea rápido para devolverle cuanto antes al peto de control al vigilante que le llevará desde la salida de la subasta hasta el centro del mercado y salga lo más rápido posible hacia el local. Los primeros que llegan, son los que menos esperan.
El mercado de pescado de Tsukiji me resultó una visita curiosa, pero me dejó un poco frío. Quizá porque nos habían hablado tanto de él e hicimos tanto esfuerzo para visitarlo que esperábamos algo más insólito o quizá por el tremendo madrugón que te condiciona el resto de visitas del día.
En realidad, quien haya estado en una lonja española viendo una subasta de pescado quizá se sienta aún más defraudado, ya que la subasta no aporta mucho más. Es cierto que ver la nave enorme llena de atunes extendidos en el suelo es chocante, pero tampoco es más que eso… una enorme pescadería. Como experiencia, sin duda, la mejor de todas es el desayuno de sushi en los diminutos restaurantes del mercado. Insólito, delicioso y- desgraciadamente- caro.
El mercado de pescado de Tsukiji supuso la última cruz en la lista de visitas inexcusables que teníamos que hacer antes de irnos de Tokio y dio paso a un día y medio final de compras, visitas contrarreloj y muchas horas de transporte público.
Continúa el viaje a Japón – Tokio, sprint final: Sumo, compras y la casa de muchos gatos









