nov 11
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Si nuestro primer día en Tokio había sido toda una inmersión acelerada en la vorágime de zonas comerciales abarrotadas en un festivo, para nuestro segundo día elegimos algunas de las zonas más elegantes de la ciudad, como los barrios de Roppongi y Ginza. Fue también la jornada en que empezamos a familiarizarnos con la fascinante arquitectura de los rascacielos de Tokio.
Fue un curioso contraste. En menos de 24 horas pasamos de las adolescentes de ropas alternativas de Harajuku a la placidez de los bares y restaurantes de estilo europeo de Roppongi, de la marea humana y las salas de juego abarrotadas de Ikebukuro a las tiendas de lujo de Ginza y de los enormes almacenes de electrónica de Akihabara a la inmensidad de las vistas de lo alto de la ciudad desde la Tokio Tower. Era como tener la impresión de que habíamos traspasado una línea fina entre lo más popular y lo más elitista de la ciudad.
Para este día, en lugar de elegir el tren de cercanías de la JR, preferimos movernos en los dos servicio de metro diferentes que hay en la ciudad de Tokio: El Metro de Tokio y el TOEI. Cogimos el pase de un día válido para ambas líneas por 1.000 yenes y, la verdad, resultó mucho mejor que andar mirando a qué servicio correspondía cada estación. A la hora de llegar a una correspondencia, simplemente metías el billete en el torno y pasabas al nuevo andén.
El primer viaje del metro del día llegó casi al final de la hora punta, con lo que aún nos encontramos con parte de la aglomeración de trabajadores que iban a sus puestos de trabajo. Muchas cosas nos llamaron la atención de aquel viaje. La primera, el aspecto casi uniformado de los oficinistas que se desplazaban en el metro -y del que ya hablaré más adelante-. También en silencio casi sepulcral que había en un vagón abarrotado de gente. Nadie decía una sola palabra. Y, también, otra serie de curiosidades. Por ejemplo, un vagón reservado exclusivamente para mujeres en las horas puntas de la mañana, las marcas en el andén señalando el lugar donde se ubicarán las puertas y donde los viajeros hacen cola a la espera de que llegue su tren.
La verdad es que el mapa del metro nos daba un poco de respeto. Son muchas líneas, con sus correspondientes estaciones y correspondencias, con lo que resultaba relativamente fácil perderse en el camino. Sin embargo, nos resultó mucho más fácil que todo eso. El metro dispone de una excelente señalización y los transbordos y correspondencias están muy bien indicados. En algunos casos, incluso, tienes que salir a la calle para hacer la correspondencia entre líneas o sistemas de metro, pero hay frecuentes carteles que indican la dirección y la distancia. Además, cada salida tiene un número y/o letra único que la define, con lo que si nos fijamos bien en qué salida corresponde al lugar al que queremos ir, lo encontraremos mucho más fácilmente.
Roppongi
Comenzamos el día en Roppongi, zona de embajadas y oficinas. Lejos del bullicio de otras calles peatonales de la ciudad o de los restaurantes típicos, nos encontramos con calles amplias, carreteras elevadas sobre otras carreteras en forma de scalextric y clubes y restaurantes y locales de estilo occidental donde los letreros comparten los nombres en caracteres latinos y japoneses y no cuesta encontrar cualquier especialidad de la comida internacional.

Carretera elevada en el barrio de Roppongi
Son detalles que convierten a Roppongi en la parte más internacional de Tokio y aquella en la que se mueven habitualmente muchos extranjeros. Acoge buena parte de sus restaurantes favoritos y muchos de los clubes nocturnos por los que se mueven, por lo que no sería difícil imaginarse la zona en otro lugar. Paseando por ella se nos aparecen en el horizonte, también, las primeras imágenes de los rascacielos y edificios pintorescos que nos encontraremos por el camino.
Tokio Tower
Desde Gaien Higashi Dori, una de las calles principales de Roppongi, hay un corto paseo hasta los pies de la Tokio Tower. No es difícil encontrársela. Su altura y su silueta inconfundible, imitando parte de la Torre Eiffel parisina con un color naranja chillón hacen que se la pueda ver fácilmente desde bastantes puntos de Tokio.

Tokyo Tower
No soy partidario de imitaciones demasiado descaradas, por lo que cuando me encontré de frente con ella y me encontré una parte inferior prácticamente clavada a la de la Torre Eiffel me imaginé que iba a encontrarme con algo poco llamativo. Sin embargo, la realidad es que, lejos de ser un pastiche de la famosa torre parisina, el observatorio me ha deparado las vistas más bonitas de todo lo que llevamos de viaje.

Vista de Tokio desde la Tokyo Tower
La Tokio Tower ofrece dos observatorios diferentes a los visitantes. El primero, situado a 150 metros de altura y el segundo a 250 metros. Al primero se puede acceder por unos 800 yenes, mientras que la entrada para los dos cuesta 1.400. En nuestro caso, nos quedamos en el primer observatorio, desde donde se ve toda la ciudad desde una posición elevada. Nos resultó más que suficiente, pero el que quiera subir a la segunda planta también tendrá su imagen de Tokio a vista de un pájaro más alto. Si alguien tiene dudas de qué billete sacar, lo mejor es quedarse con el bilete de la primera planta. Si desde allí aún tiene ganas de más, hay una taquilla en la que puede comprar el billete de la subida por la misma diferencia que en la taquilla principal.

Vista de Tokio desde la Tokyo Tower
La vista de la ciudad desde las alturas es fantástica. Desde abajo, uno no tiene la impresión de estar en una ciudad con un skyline muy tupido; sí que es verdad que los rascacielos son habituales en algunos barrios de la ciudad, pero no es la impresión de agobio de Hong Kong. Sin embargo, desde las alturas, el paisaje conjunto de los edificios altos de la ciudad resulta excepcionalmente bello. Desde el observatorio acristalado de la Tokyo Tower tenemos la mejor vista del skyline de toda la ciudad, que se completa con la de kilómetros y kilómetros de edificios menores, costa, puentes y parques. Es especialmente recomendable en los días soleados y, si nos fijamos bien, podremos encontrar constrastes llamativos en la estructura de la ciudad, como la imagen de pequeños cementerios alternándose con rascacielos enormes en la vista desde las alturas o la vista del templo de Zojoji a los pies de la torre para entrar, sin solución de continuidad, en el barrio de edificios de oficinas.
Esos oficinistas clónicos
Desde la entrada del templo, nos decantamos por un agradable paseo hasta los jardines del Palacio Imperial por la Hibiya Dori, una amplia avenida con pinta de ser zona de negocios, que nos llevaría hasta lo que es el gran pulmón verde del centro de Tokio.
Nos habían recomendado que, además de conocer la ciudad y sus monumentos, no nos olvidáramos de mirar a la gente y fijarnos en sus gestos y costumbres. Nuestro paseo por esta zona fue una buena oportunidad para hacerlo. Las calles iban surcadas por oficinistas clónicos, idénticos a los que nos habíamos encontrado en el metro por la mañana. Todos cortados por el mismo patrón: su traje oscuro -casi siempre negro, con la única libertad de algunas finas rayas grises en los casos más atrevidos-, camisa blanca lisa o rayada, corbata de color oscuro y siempre con una cartera negra de mano en la que vete a saber qué llevarían.
El paseo resultó agradable, más aún cuando nos desviamos un poco del camino para entrar por el parque de Hibiya, sentarnos junto al estanque para descansar un poco y acercarnos a la exposición de crisantemos y plantas que, al igual que nos encontramos en otros parques de la ciudad, estaban cuidadosamente presentados y expuestos al público.
Tokio nos sorprendió agradablemente por la cantidad de parques y zonas verdes que existen en mitad de la ciudad: Hibiya, Shinjuku, Yoyogi, Ueno. Unos más grandes y otros algo más pequeños, pero siempre relajantes en una ciudad con tanto bullicio.
El Palacio Imperial y la zona de edificios públicos
Ya nos habían advertido que el Palacio Imperial sólo abría dos días al año -en Año Nuevo y para el cumpleaños del Emperador-, por lo que tener que quedarnos en los jardines no nos supuso ninguna frustración. Desde allí no es que se pueda ver mucho del Palacio, apenas algún edificio aislado y los jardines y el foso que lo rodean, pero no deja de ser un lugar emblemático del centro de la ciudad.

Palacio Imperial de Tokio
A su alrededor, aparece una zona donde se concentran buena parte de los ministerios y edificios públicos, que concluye al llegar al edificio de la Dieta -el Parlamento-. No es una zona especialmente bonita o llamativa, pero no deja de ser curioso rodearla por el paseo que discurre junto al foso de agua que separa el complejo del Palacio Imperial del resto de la ciudad.
El lujo de Ginza
Dejamos para la noche la parte más noble de la ciudad, la de Ginza. Quizá no sea el mejor momento para conocer la auténtica milla de oro de la ciudad, pero sigue dejándonos ver muy claramente su esencia de lujo aun con las tiendas cerradas.
Ginza está articulada principalmente en torno a dos avenidas rectas -Harumi Dori y Cho Dori- que se cruzan en una plaza que representa el corazón de la zona. Desde allí podemos caminar tranquilamente por cualquiera de ellas disfrutando de las luces de las calles que rodean las tiendas más elegantes de la ciudad.
A partir de las 8 de la noche, Ginza no tiene el mismo corazón de lujo que durante las horas comerciales, pero eso no quiere decir que esté muerta, ni mucho menos. Quizá haya menos gente por la calle, pero eso no quiere decir que no haya vida, sino que se ha desplazado más a los elegantes restaurantes de la zona que, en muchos casos, se encuentran en las plantas superiores de los edificios. Aunque ya hemos visto en otras zonas que en Tokio es bastante normal que restaurantes y otros negocios estén situados en plantas superiores de los edificios, mi compañero de viaje me apunta que en esta zona el precio del alquiler debe ser especialmente caro como para mantenerlos a pie de calle. Pero las enormes filas de taxis que ocupan cientos de metros a cada lado de la calle principal se empeñan en recordarnos que, aunque la vida nocturna de Ginza no se vea, existe, y debe ser especialmente cara.

Una de las calles principales de Ginza
A Ginza llegan también los vicios más caros de la ciudad, como uno puede comprobar fácilmente si se equivoca de calle y se adentra por alguna de las calles menos transitadas de la zona. En esas primeras horas de la noche, sorprende ver a señores elegantes, muy bien trajeados, con un paraguas en la mano plantados en mitad de las calles de la zona y dirigiéndose a algunas de las personas que pasaban por la zona.
Algo raro intuíamos que podía pasar en aquella zona cuando vimos también pequeños puestos de venta de flores e individuos que ponían una mesa en plena calle con un símbolo para indicar que leían la mano. Pero nuestras sospechas se confirmaron cuando uno de estos hombres trajeados, que no debió vernos tan arrastrados como el resto, se acercó a nosotros para ofrecernos la compañía de una señorita. Fue poco después cuando empezamos a darnos cuenta de que, en un segundo plano de la calle, en lugares muy discretos, aparecían mujeres elegantísimas con sus vestidos de noche o, incluso, con un traje tradicional. Fue también aquel momento en el que nos dimos cuenta como dos tipos enormes como armarios, no menos elegantemente vestidos, seguían nuestro camino a una distancia prudencial hasta que volvimos a tomar la calle principal.
Queremos volver a Ginza por la mañana. Queremos ver cómo puede ser la cientela que entra y sale de Tiffany’s, Chanel, Dior o el edificio entero que tiene Emporio Armani. Hemos visto Ginza de noche; sus luces reales, sus sombras metafóricas y sus interminables filas de taxi. Hemos olido el dinero, pero aún no lo hemos visto moverse.
Pero esto ya será en otra ocasión.
Continúa el Viaje a Japón - Tokio, día 3: Shinjuku, Ueno y Asakusa




