Nuestro viaje en tren de Vancouver a Toronto está tocando a su fin. Después de atravesar la región de Ontario, la última noche del trayecto nos deja ya a las puertas de Toronto, la capital de la provincia y ciudad más poblada de Canadá. Es el momento de ir recogiendo nuestras cosas y volver a acostumbrarse a la vida urbana después de días de tren atravesando paisajes nevados.
Después de la parada nocturna, cerré los ojos e intenté dormir. No es fácil tener un sueño ininterrumpido, pero sí que se pueden acabar uniendo periodos de sueño de varias horas hasta completar toda la noche. Básicamente, el cuerpo puede descansar. El vagón es cómodo y no está muy saturado. Los problemas vienen de las piernas, que se colocan en posiciones inverosímiles y cada hora o dos horas se agarrotan, duelen y reclaman una nueva postura desde la que volver a comenzar el proceso.
Esta vez he conseguido dormir sin las dificultades del día anterior. Mi vecino de fila ya había dado muestras de su potencial roncador durante la siesta de la tarde, pero esta vez conseguí dormirme yo antes y caer en un sueño lo suficientemente profundo como para no darme cuenta de sus ronquidos posteriores, si es que los hubo.
Así, por la mañana, uno se levanta bastante bien descansado, pero con las piernas doloridas; dolor, que dicho sea de paso, desaparece con los primeros pasos hacia el cuarto de baño o al vagón donde está el bar para ir a tomar el primer café de la mañana.
El paisaje de estas primeras horas de la mañana está cambiando. No tanto por los árboles, que los sigue habiendo, sino porque la nieve ha pasado de cubrirlo todo a dejar tan sólo manchas blancas sobre la tierra. Incluso se pueden distinguir ya los charcos helados. Empiezan a aparecer, también más signos de vida: algunas casas más a los lados de la vía u ocasionales carreteras que transcurren unos kilómetros paralelas a la vía. El día se ha levantado gris y llueve ligeramente.
Recogiendo un pequeño campamento
Me (este artículo sigue…)
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Tras la parada de Winnipeg, hemos atravesado ya el ecuador de nuestro viaje en tren de Vancouver a Toronto. Quedan aún dos noches de viaje y empezamos ya a acusar el cansancio de tanto tiempo en el tren. Entramos en la provincia de Ontario, donde se encuentra la ciudad de Toronto, pero eso no quiere decir que estemos aún cerca de nuestro destino. Nos quedan aún muchos kilómetros.
Ha sido una noche algo difícil. Me quedé viendo una película nada más salir de Winnipeg y cuando acabó, pasada la medianoche, no pude dormir fácilmente. Quizá porque la cena que me había regalado exigía como continuación el regalo de una buena cama o, más probablemente, por los ronquidos de mi vecino de pasillo.
Tanto en los dos asientos del lado izquierdo del pasillo como en los dos lados de la fila delantera viaja un grupo de tres alemanes que están en Canadá con una Working Holiday y van hacia el este después de cinco meses trabajando en Vancouver Island. Curiosamente, su inglés es bastante bueno.
El caso es que el más gordito de ellos, que es el que viaja a mi lado, debió pegarse ayer un buen homenaje porque el caso es que, cuando me puse el antifaz y me hice una bola para dormir, estaba durmiendo como un bendito con unos ruidos bastante molestos: primero, respiraciones fuertes, como si se estuviera ahogando; para pasar unos minutos después al ronquido puro y duro. Afortunadamente, hay más sitio en la parte trasera del vagón –por mucho que haya que colocarse encima de los ejes y soportar los chirridos metálicos del extremo del vagón-, así que allí me trasladé a dormir un par de horas.
Los asientos del tren son bastante cómodos y se reclinan muchísimo, no me puedo quejar de ellos, pero no hay manera de que las piernas queden rectas, por lo que –cada mañana- quedan agarrotadas y doloridas al despertar. Un pequeño paseo al despertar y el primer café de la mañana en el coche bar lo suelen arreglar.
Ontario
Los paisajes han cambiado. Hemos pasado de las (este artículo sigue…)
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Seguimos atravesando Canadá a bordo del tren The Canadian. Llevamos más de 24 horas de viaje y, tras dejar atrás las Montañas Rocosas canadienses empezamos a atravesar las Praderas, totalmente cubiertas de nieve, camino del ecuador de nuestro viaje y la larga parada de Winnipeg.
Salimos de Edmonton ya pasada la medianoche. Una estación pequeña, donde tuvimos algo de movimiento de pasajeros. Los que se subieron y bajaron en Edmonton venían del primer vagón de clase económica, por lo que parece que a los valientes que hacemos todo el recorrido de un tirón nos tienen reservado el segundo. Eso supone que, por segunda noche consecutiva, he vuelto a tener los dos asientos para mí solo.
La noche ha sido bastante tranquila. He vuelto a tener problemas para colocar las piernas de forma cómoda, pero se me ha hecho corta, señal de que he dormido bastante. La almohada hinchable ayuda mucho, pero sin una manta que me cubra a veces se nota algo de frío. Eso sí, las nevadas de la noche han debido de ser enormes. Estamos ya en terreno llano, en la zona de las praderas, pero poco se puede ver desde la ventana del tren entre la ventisca y la niebla.
Hemos vuelto a pasar un huso horario –tenemos ya dos horas más que en Vancouver- y, pasadas las nueve y media de la mañana hemos hecho una breve parada en Saskatoon. No ha sido mucho tiempo, pero la mayor parte de la gente no ha hecho ni siquiera intención de bajar. Apenas algunos fumadores y poco más. La ventisca, fuera, era bastante fuerte y no he ido más allá del edificio de la estación. El frío era tremendo, Me he quitado los guantes un par de minutos para hacer unas tomas con la cámara y, cuando he querido darme cuenta, casi no podía mover los dedos.
Seguimos en ruta. Por megafonía nos dicen que esta parte de Canadá produce la mayor parte del trigo del país. Por lo que intuyo por la ventana, si me dijeran que era el mayor (este artículo sigue…)
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En este artículo continuamos la narración de nuestro viaje en tren de Vancouver a Toronto atravesando todo el oeste de Canadá. Tras los preparativos del viaje y pasar la primera noche en el tren alejándonos de Vancouver, hoy atravesamos las Montañas Rocosas y llegamos a las praderas de Alberta.
Primer día: De Kampaloops a Edmonton
La noche ha sido dura, pero no demasiado mala. En realidad, he pasado la mayor parte del viaje intentando buscar la posición que me hiciera sentir más cómodo. Hay espacio, pero me ha costado mucho ver cómo colocaba las piernas. Al final, jugando con los reposapiés de los dos asientos, he conseguido hacer algo parecido a un catre y poner una posición cómoda.
La pena ha sido que, para cuando llegué a esto, llevábamos ya un rato parados en la estación de Kampaloops, la primera parada del día, donde estábamos viendo amanecer. Anoté la posición para la noche siguiente y me fui a hacer una exploración diurna del tren.
Fui a parar al coche panorámico. Está en el vagón donde está el bar y tiene una pequeña sala en la parte inferior y unas escaleras que la comunican con una zona superior con el techo de cristal y enormes ventanales desde la que se tienen vistas panorámicas fantásticas de todo el trayecto. Allí no hay enchufes y, la verdad, hace un poco de frío –supongo que para desanimar a la gente a que pase allí todo el trayecto-. Pero es una fantástica sensación ir con el portátil cargado a trabajar en los sillones de cuero del vagón rodeado de un paisaje helado, al menos por el tiempo que dé de sí la batería.
Estamos empezando el viaje y las montañas van a apareciendo ante nuestros ojos entre ríos casi helados y laderas llenas de árboles y nieve. La vía es única, pero de vez en cuando nos encontramos tramos en los que se desdobla y nos cruzamos durante minutos con enormes convoyes de mercancías. A medida que nos vamos adentrando en el interior de Canadá, cada vez es más la nieve (este artículo sigue…)
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