Comenzamos con éste una nueva categoría de artículos en el blog, la de recomendaciones de viaje. Con ella, pretendemos acercar nuestras experiencias de viaje en primera persona; es decir, lo que nosotros hicimos, vimos, visitamos, probamos o donde nos alojamos en los diferentes lugares donde hemos estado. Sabemos que no será una guía completa y tampoco pretendemos que lo sea, pero si alguien puede encontrar algún detalle que le inspire o algún truco que le ayude, mejor.
Hoy os contamos algunas de nuestras experiencias durante el viaje a Praga que realizamos a finales del pasado mes de marzo, junto con algunas ideas y pequeñas recomendaciones.
- El aeropuerto de Praga tiene un tamaño mediano y no está lejos de la ciudad. Me consta que hay muchos viajeros que van hacia ciudades del Este de Europa que vuelan con Czech Airlines, hacen escala en Praga y pueden disponer de algunas horas para ver la ciudad. La conexión entre el aeropuerto y el centro de la ciudad, de todos modos, no es especialmente rápida. Personalmente, si tuviera menos de cuatro horas hasta la salida de mi siguiente vuelo no me arriesgaría a ir al centro en transporte público. Con cuatro horas, aún podríamos ir en metro hasta Mustek o Staromestska y callejear un poco por la zona de la ciudad vieja, pero con prisa. Si viajan unos cuantos, compartir un taxi reduce el tiempo de viaje hasta el centro, aunque el coste es algo mayor. Para quien se quede en el aeropuerto, que sepa que los restaurantes son pocos y caros y que hay WiFi gratis en la zona de salidas, pero a velocidad de tortuga.
- Para ir desde el aeropuerto de Praga hasta el centro, mejor tener en cuenta a dónde vamos o dónde nos alojamos. Si vamos cerca de la línea verde, mejor coger el autobús urbano 119 hasta la estación de Dejvicka. Si vamos cerca de la línea amarilla, el autobús 100 hasta Zlicin. Y, si vamos cerca de la línea roja, mejor coger el autobús rápido (aunque sea algo más caro) hasta la Estación Central. Facilita (este artículo sigue…)
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De vez en cuando, en nuestros paseos por el mundo, nos encontramos con iniciativas turísticas curiosas y artefactos interesantes para el turista que visita un lugar concreto. Hace poco, en la ciudad checa de Pilsen, nos encontramos con este curioso callejero sonoro, mezcla de mapa y guía turística, que nos llamó la atención y que queremos presentaros aquí.
El artefacto en cuestión, a priori, tiene toda la apariencia de ser un callejero común, de los muchos que hay en distintas ciudades europeas para marcar los puntos de interés de la ciudad. No obstante, si nos fijamos en la parte derecha de la pantalla, encontramos un pequeño teclado numérico que lo hace diferente a otros callejeros de este tipo.
La idea de este innovador callejero es añadir voz y experiencias a la habitual visión plana de un mapa. Para ello, los principales puntos de interés y atracciones de la ciudad están marcados con unos números distintivos y, los más importantes entre ellos, también con unos pequeños indicadores luminosos. Si queremos saber algo más sobre un lugar concreto de la ciudad de Pilsen, basta con marcar en el teclado numérico el código del lugar correspondiente e, inmediatamente, un altavoz colocado en el callejero comenzará a narrarnos algunos detalles de interés sobre el mismo, mientras se ilumina una luz roja con su ubicación en el plano.
La idea es fantástica para turistas muy informales a los que no les guste llevar una guía encima o para ciudades pequeñas sobre las que, quizá, no hay tantas guías de viajes detalladas disponibles en papel o en Internet. Así, el viajero puede saber rápidamente qué le ofrece la ciudad y decidir su ruta con la información que recibe en ese momento.
El sistema es bueno y la idea me pareció curiosa, aunque supongo que Pilsen no será el único sitio donde se pueden encontrar este tipo de callejeros parlantes. Sólo le veo un pequeño defecto: la cara de tonto que se te queda al ver que la locución turística rompe el silencio o el ritmo de vida de una bonita plaza de la (este artículo sigue…)
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Pilsen es la tercera ciudad más poblada de la República Checa pero, ante todo, es una localidad marcada por su profunda relación con la cerveza. Las principales fábricas de cerveza del país, con marcas tan reconocidas como Pilsner Urquell, se encuentran en la ciudad y -junto con su tranquilo y pequeño centro histórico- conforman los principales atractivos turísticos de esta localidad.
Pilsen es una buena opción para una escapada de un día desde Praga, ya que ambas ciudades están separadas por algo menos de 100 kilómetros y existe un fantástico y barato servicio de autobuses interurbanos de la compañía Student Agency que salen desde el intercambiador de Zlicin aproximadamente cada hora por un precio ligeramente superior a los 4 euros. Hay también autobuses de otras compañías, con menos frecuencias, desde la estación de Florenc y también hay buenas conexiones por tren, aunque la duración del trayecto es notablemente superior.
Pilsen -o Plzen, en checo- tiene como gran atractivo todo lo relacionado con la industria de la cerveza y será una interesante visita para los aficionados a esta bebida o para quien tenga curiosidad por aprender más sobre el proceso de elaboración de la cerveza. La ciudad cuenta con un Museo de la Cerveza ubicado en el centro de la ciudad, en una casa tradicional; y con dos fábricas de cerveza en funcionamiento que pueden visitarse: la de Pilsner Urquell y la de Gambrinus, ambas pertenecientes a la misma compañía cervecera, pero con diferentes características.
El centro histórico de Pilsen es agradable, pero bastante pequeño. Tiene como punto central la Plaza de la República, donde se encuentran la Catedral de San Bartolomé y varios edificios interesantes, como el del Ayuntamiento. En realidad, en poco más de 20 minutos se puede dar una vuelta completa por el centro histórico de la ciudad, que actualmente es candidata a ser nombrada Capital Europea de la Cultura en el año 2015.
El Museo de la Cerveza de Pilsen
Otro de los atractivos del centro histórico de Pilsen es el Museo de la Cerveza, situado a medio camino entre la Catedral de (este artículo sigue…)
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¿Sabéis ese momento en el que acabais de entrar en un bar e inmediatamente os dais cuenta de que no deberíais estar ahí? Una tarde, en Praga, me apetece una cerveza y entro en un antro en una esquina a cien metros de mi hotel. Nada más abrir la puerta me doy cuenta de que pinto allí menos que un perro verde.
Un bar diminuto, cuatro o cinco parroquianos que no abren la boca ni se dirigen la palabra, no se oye más que la música de fondo, una neblina de humo que riete de Londres. Se me quedan mirando al entrar y me acerco a la barra para pedirle a la camarera una cerveza. Dudo que entienda ingles, pero como le señalo el vaso grande me irve y me cobra.
Miro la pared: un banderín del Slavia, hasta ahí, todo normal. Al lado, un calendario gigante mostrando la parte trasera de una señorita tal y como la trajeron al mundo. Al otro lado, un cartel que pone en alemán y checo “Prohibido hablar de política”. Detras de la barra, un frigorifico con botellas enormes de licores varios y, al otro lado, un corcho con un collage de fotografías de porno duro.
Me autoimpongo no mirar a ninguno de los abatidos parroquianos y concentrarme en la cerveza, pero la vista se me va al vecino de taburete. No se da cuenta o hace como que no le importa, mientras mantiene la mirada fija al fondo de la barra. Cuatro minutos despues, he vaciado la jarra de medio litro de mi excepcional Staropramen y, aparentando serenidad, susurro un “thank you, bye” y salgo por la puerta aparentando que me queda algo de dignidad entre toneladas de canguelo, con la impresión de que me he tenido un shock cultural en toda regla. Pocas veces me he bebido tanta cerveza tan rápidamente.
Durante esos cuatro minutos, nadie en el bar ha pronunciado una sola palabra.
Algo me hace pensar que, por un momento de mi vida, he vivido en un documental de National Geographic.
Si tenéis curiosidad por visitarlo, lo encontraréis en (este artículo sigue…)
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