Una de las cosas más típicas que hacer en Toronto en las mañanas primaverales de los sábados es recorrerse el barrio en el que vives buscando los vecinos que organizan las yard sale, pequeños mercadillos improvisados en los jardines de las casas en los que los vecinos aprovechan para deshacerse de sus cosas viejas y sacar un dinerito por ellas, pero que son también todo un evento social en el barrio.
Las yard sale o garage sale son uno más de los indicadores de la transición entre el frío invierno y el cálido verano en Toronto. Se celebran al comienzo de la primavera, intentando aprovechar los primeros días soleados y el buen tiempo, y son típicos de los barrios residenciales de casas bajas con jardín o yard a la entrada. De ahí viene, precisamente, el nombre.
La transición entre estaciones en esta parte de Canadá es bastante importante, ya que se pasa de inviernos muy fríos donde la mayor parte de la vida se hace a cubierto, a veranos calurosos y soleados en los que se hace más vida al aire libre. Las necesidades en las casas, por tanto, cambian y -en muchas ocasiones- viene bien vaciar el garaje de trastos para tener más espacio para los artículos de ocio que podemos usar en el verano. Pero también es el típico momento que se aprovecha para vaciar armarios y, en general, deshacerse de artículos o ropa que ya no nos sirve.
Las yard sale son también muy típicas de los momentos de mudanza y se aprovechan para vender muebles, trastos y otros objetos que no podemos o queremos trasladar con nosotros.
La organización de una yard sale es muy sencilla. Básicamente, recopilas una serie de cosas que tienes en casa y que hace tiempo que no utilizas, decides un día en el que el pronóstico del tiempo sea soleado y te venga bien, preparas una serie de carteles más o menos rústicos -cuanto más rústicos, más encanto- anunciando la venta, los pegas por las farolas de la calle principal del barrio convocando a tus vecinos y, el día (este artículo sigue…)
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Desde hace unas semanas estoy en Toronto, donde me he encontrado con una de las ciudades más multiculturales del Mundo y con otras muchas experiencias que voy a ir contando en las próximas semanas. Una de las primeras cosas que hice, aprovechando que la temporada de la NBA estaba ya acabando, fue ir a ver un partido de los Toronto Raptors. Una auténtica experiencia de deporte profesional norteamericano.
En Toronto, la gran debilidad de la ciudad es el equipo de hockey sobre hielo, los Maple Leafs (Hojas de Arce traducido al castellano). Aunque, dados los resultados de las últimas temporadas, de la gran debilidad se ha pasado a la gran vergüenza. No obstante, el desastre deportivo no impide que el pabellón -el Air Canada Centre que comparte con los Raptors de la NBA- se llene en cada partido y que los precios de las entradas que quedan disponibles sean muy elevados.
En un segundo plano de popularidad está el equipo de béisbol, los Blue Jays -el único equipo de la MLB en territorio canadiense- y los Raptors. También hay un equipo de soccer -lo que en europa llamamos fútbol- en franco crecimiento, aunque también en una temporada desastrosa: el Toronto FC. El fútbol americano no es tan popular en Canadá como en Estados Unidos, pero hay una liga canadiense donde juegan los Argonauts.
Por tanto, la gran experiencia deportiva de Toronto es ver un partido de hockey, seguida a cierta distancia de los Raptors y el béisbol. Pero, claro está, no todos los deportes se juegan en la misma temporada. El hockey y el baloncesto coinciden en la temporada de otoño-primavera, mientras que el béisbol y el soccer son deportes para la temporada de primavera-otoño.
La NBA en Toronto
En el caso de la NBA, la temporada 2011-2012 ha sido muy atípica por la huelga de jugadores, lo que hizo que empezara más tarde y el calendario estuviera mucho más concentrado. Esto ha supuesto, en algunos casos, una situación similar a la del béisbol, con equipos jugando cada dos o tres días en su (este artículo sigue…)
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Nuestro viaje en tren de Vancouver a Toronto está tocando a su fin. Después de atravesar la región de Ontario, la última noche del trayecto nos deja ya a las puertas de Toronto, la capital de la provincia y ciudad más poblada de Canadá. Es el momento de ir recogiendo nuestras cosas y volver a acostumbrarse a la vida urbana después de días de tren atravesando paisajes nevados.
Después de la parada nocturna, cerré los ojos e intenté dormir. No es fácil tener un sueño ininterrumpido, pero sí que se pueden acabar uniendo periodos de sueño de varias horas hasta completar toda la noche. Básicamente, el cuerpo puede descansar. El vagón es cómodo y no está muy saturado. Los problemas vienen de las piernas, que se colocan en posiciones inverosímiles y cada hora o dos horas se agarrotan, duelen y reclaman una nueva postura desde la que volver a comenzar el proceso.
Esta vez he conseguido dormir sin las dificultades del día anterior. Mi vecino de fila ya había dado muestras de su potencial roncador durante la siesta de la tarde, pero esta vez conseguí dormirme yo antes y caer en un sueño lo suficientemente profundo como para no darme cuenta de sus ronquidos posteriores, si es que los hubo.
Así, por la mañana, uno se levanta bastante bien descansado, pero con las piernas doloridas; dolor, que dicho sea de paso, desaparece con los primeros pasos hacia el cuarto de baño o al vagón donde está el bar para ir a tomar el primer café de la mañana.
El paisaje de estas primeras horas de la mañana está cambiando. No tanto por los árboles, que los sigue habiendo, sino porque la nieve ha pasado de cubrirlo todo a dejar tan sólo manchas blancas sobre la tierra. Incluso se pueden distinguir ya los charcos helados. Empiezan a aparecer, también más signos de vida: algunas casas más a los lados de la vía u ocasionales carreteras que transcurren unos kilómetros paralelas a la vía. El día se ha levantado gris y llueve ligeramente.
Recogiendo un pequeño campamento
Me (este artículo sigue…)
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Tras la parada de Winnipeg, hemos atravesado ya el ecuador de nuestro viaje en tren de Vancouver a Toronto. Quedan aún dos noches de viaje y empezamos ya a acusar el cansancio de tanto tiempo en el tren. Entramos en la provincia de Ontario, donde se encuentra la ciudad de Toronto, pero eso no quiere decir que estemos aún cerca de nuestro destino. Nos quedan aún muchos kilómetros.
Ha sido una noche algo difícil. Me quedé viendo una película nada más salir de Winnipeg y cuando acabó, pasada la medianoche, no pude dormir fácilmente. Quizá porque la cena que me había regalado exigía como continuación el regalo de una buena cama o, más probablemente, por los ronquidos de mi vecino de pasillo.
Tanto en los dos asientos del lado izquierdo del pasillo como en los dos lados de la fila delantera viaja un grupo de tres alemanes que están en Canadá con una Working Holiday y van hacia el este después de cinco meses trabajando en Vancouver Island. Curiosamente, su inglés es bastante bueno.
El caso es que el más gordito de ellos, que es el que viaja a mi lado, debió pegarse ayer un buen homenaje porque el caso es que, cuando me puse el antifaz y me hice una bola para dormir, estaba durmiendo como un bendito con unos ruidos bastante molestos: primero, respiraciones fuertes, como si se estuviera ahogando; para pasar unos minutos después al ronquido puro y duro. Afortunadamente, hay más sitio en la parte trasera del vagón –por mucho que haya que colocarse encima de los ejes y soportar los chirridos metálicos del extremo del vagón-, así que allí me trasladé a dormir un par de horas.
Los asientos del tren son bastante cómodos y se reclinan muchísimo, no me puedo quejar de ellos, pero no hay manera de que las piernas queden rectas, por lo que –cada mañana- quedan agarrotadas y doloridas al despertar. Un pequeño paseo al despertar y el primer café de la mañana en el coche bar lo suelen arreglar.
Ontario
Los paisajes han cambiado. Hemos pasado de las (este artículo sigue…)
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