De vez en cuando, en los transportes públicos te encuentras vecinos de asiento curiosos. Con la mayor parte de ellos no compartirás ni una sola palabra durante el viaje, pero con algunos de ellos hablarás, ligarás, cotillearás y serás cotilleado en tus lecturas o trasteo con el ordenador o te pelearás por el espacio. Ésta es la historia de un vuelo, una pelea y las conclusiones que saqué de ella.
Era un vuelo largo en una de esas compañías del Golfo que tienen fama de cómodas, aunque -en realidad- por mucho glamour emiratí que desprendan o pantallas que te pongan, las ocho horas encerrado en el cubículo invisible de tu asiento y alrededores no te las quita nadie. Tenía a mi derecha a un señor mayor, de apariencia muy normal, que parecía ir solo. Una de esas personas con aspecto de sobrio abuelito encantador, pero más perdido en un Boeing que un pingüino en un garaje.
El abuelo me llamó la atención. Me preguntaba a mí mismo a dónde y para qué viajaría solo un señor tan mayor y quién estaría esperándole en el aeropuerto. Después de chapurrear con él al verle manejar el cinturón de seguridad, la manta y los cascos y de ver cómo intentaba entenderse con las azafatas, empecé a temer por que llegara correctamente a su destino final tras la escala en Dubai. Curiosamente, fui incapaz de comunicarme con él en español, inglés y portugués de Coimbra, pero la combinación de los tres idiomas sin orden ni concierto resultó notablemente esclarecedora.
Me encontré así con un abuelo portugués que volvía a la ciudad que le había acogido durante muchos años en Australia después de un retorno a su Portugal natal y que, para mi tranquilidad, no viajaba sólo sino que a su hija le había tocado otro lugar en la gran lotería de asientos de los últimos minutos del embarque. Me dio cierta ternura verle utilizar una única palabra en inglés para pedirle a la azafata un plato que no había en el menú del vuelo, cabrearse al probar la ensalada de pasta porque “tá friu” (este artículo sigue…)
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Sabíamos que nuestra primera noche en Tokio iba a ser larga gracias al inevitable jetlag e, incluso, teníamos planes para pelear contra él. Lo que no podíamos imaginarnos era que, en el momento en el que éstos saltaron por los aires, íbamos a superarlo introduciéndonos en la vida japonesa de una forma insólita y tremendamente divertida.
La llegada al centro de Tokio desde el aeropuerto de Narita se hace larga, demasiado para quien lleva casi 20 horas entre aviones y aeropuertos para un vuelo de Madrid a Tokio con escala en Dubai. En nuestro caso, además, teníamos que coger una línea regional para llegar al albergue en lugar del más rápido Narita Express. En total, unos 80 minutos de viaje más y unos 1.250 yenes menos para llegar al albergue que teníamos en la zona de Bakurocho.
Nos alojamos en el albergue Khaosan Tokyo Ninja, sencillo y juvenil pero muy económico y bien comunicado con las principales zonas turísticas de la ciudad. Nada más entrar en él, algunas sorpresas típicas de Japón: los zapatos de todos los huéspedes se quedan en unas enormes estanterías junto a la puerta y los cambiamos para movernos por el albergue por las chanclas que nos encontramos en dos cajas de plástico a la entrada.
Es curioso, también, el primer momento WC, cuando te aproximas a ver qué es un panel de control que tiene el excusado en uno de sus lados y, al tocar algunos botones, empiezan a salir chorritos de agua.
Al llegar allí e instalarnos, la primera sorpresa. Nuestros planes para la primera noche pasaban por apoyarnos en el jetlag para llegar despiertos a las cinco de la mañana y sobrevivir así el tremendo madrugón que espera a los que quieren ver la subasta del atún en el mercado de pescado de Tsukiji, que recibe a los visitantes a las 5 de la mañana. Sin embargo, sólo al llegar a Tokio nos enteramos que la subasta estaba cerrada los domingos para el público.
Total, que necesitábamos un plan B o nos íbamos a pasar la primera noche del (este artículo sigue…)
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Cuando salimos al extranjero con amigos que hablan nuestro idioma, a veces nos descuidamos y -pensando que nadie a nuestro alrededor lo habla- decimos cosas que puede que no fueran muy bien recibidas por quienes nos rodean si pudieran entendernos. El problema es que, algunas veces, nos entienden y nos llevan a vivir un momento “tierra trágame”.
El mío llegó hace unos años en Bratislava, la capital de Eslovaquia. Nos habíamos reunido allí un grupo de amigos españoles que trabajábamos en diversos países de Europa y, después de haber dedicado la mañana a callejear por la ciudad, decidimos que queríamos pegarnos una buena juerga por la noche, salir a cenar y luego… lo que surgiera hasta que nos echaran del último sitio.
Fuimos a pedirle recomendaciones de lugares por los que salir a la recepcionista del albergue y nos habló de un par de sitios como el Circus Barok, un barco discoteca a orillas del Danubio que, al final, resultó ser lo mejor de la noche. Un amigo nos había recomendado acabar la noche en la discoteca Laverna y, cuando vimos la cara que ponía la recepcionista del albergue, nos dimos cuenta de que -además de amigo, aquel que nos lo recomendó era todo un golfo-.
Nuestro momento “tierra trágame” llegó justo después, cuando salimos por la puerta del albergue a comernos la noche de Bratislava. Justo delante de nosotros iban dos chicas jóvenes. Evidentemente, dada la composición del grupo y las ganas de fiesta, surgió rápidamente un interesante debate sobre el porte, el garbo, el salero y lo que no era ni el porte, ni el garbo, ni el salero, de ambas señoritas. Evidentemente, en el idioma de Cervantes y -como buenos españoles en el extranjero- sin ahorrar en decibelios.
Como caminábamos un poco más rápido que ellas, llegó un momento en que las adelantamos sin dejar por ello de comentar sobre sus virtudes y atributos. Diez metros después, las palabras que nos helaron la sangre: “¿Sois españoles?”, con un casi imperceptible acento del Este de Europa.
Congelados, nos miramos entre los cuatro y (este artículo sigue…)
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Me ha pedido mi compañero bloguero Luis Cicerone- de Las Aventuras del Xixerone- la foto de un Skyline que me haya impresionado especialmente y me he decidido por una vista nocturna de Hong Kong durante el espectáculo de luces y música Symphony of Lights. El hurgar entre las fotos de mi visita a la zona me ha servido también para recordar una curiosa anécdota de mi viaje: cómo se me ocurrió subir andando al Victoria Peak, en lugar de coger el funicular. Toda una experiencia.
El Victoria Peak es una colina que domina toda la Isla de Hong Kong, con sus 552 metros de altura, y ofrece excelentes vistas desde las alturas tanto de la isla de Hong Kong, como desde la vecina Península de Kowloon. Es decir, paisaje de rascacielos, mar y edificios altísimos por doquier; aunque también esconde una sorpresa si se mira al sur de la isla, con la vista de las playas y calitas no colonizadas por el urbanismo vertical.
Las escaleras mecánicas marcaron mi destino
Para mí, era la gran atracción de la mañana, así que -después de un pequeño paseo por la zona central de la ciudad, sin el mapa encima y dejándome llevar entre las calles de edificios financieros- me dispuse a buscar la estación del funicular que sube al Victoria Peak desde la zona de Central. Di un par de vueltas y no la encontré, pero aparecieron en su lugar unas curiosas escaleras mecánicas atravesando la zona del SoHo, que llevaban a las zonas más altas de la ciudad.
Así que- como quien se encuentra con el típico dilema de qué pasaría si se pulsara ese botón que tienes delante y que pone “no pulsar” y teniendo en cuenta que el funicular tenía paradas intermedias en su recorrido-, me decidí por seguir las escaleras viendo a ver donde me llevaban.
La verdad es que las escaleras -o Escalator Central-Mid Levels, como se llaman allí- son muy curiosas. Es como ir por una zona peatonal, pero en la que no tienes que andar ni cansarte para nada. Cuando acaba (este artículo sigue…)
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